lunes, 14 de abril de 2008

el sentimiento de persecución

Elías Canetti

Entre los rasgos más llamativos en la vida de la masa, hay uno que podríamos designar con el nombre de «sentimiento de persecución», una peculiar y furiosa sensibilidad e irrita­bilidad frente a los enemigos señalados como tales de una vez para siempre. Ya pueden estos emprender lo que se les antoje, proceder con rigidez o condescendencia, ser com­prensivos o fríos, duros o blandos: todo en ellos se interpre­tará como si brotase de una inconmovible malignidad, de una mala disposición para con la masa, de una intención preconcebida de destruirla abierta o alevosamente.

Para explicar este sentimiento de hostilidad y persecu­ción, es preciso partir una vez más del hecho básico de que, en cuanto se constituye, la masa quiere crecer con rapidez. Difícilmente será exagerada la idea que nos hagamos de la fuerza e imperturbabilidad con que se expande. Mientras sienta que está creciendo -en situaciones revolucionarias, por ejemplo, que comienzan con masas poco numerosas pero de alta tensión-, percibirá como una limitación todo cuanto se oponga a su crecimiento. Podrá ser dispersada con violencia por la policía, pero eso tendrá un efecto meramen­te temporal, como una mano que pasa por entre una nube de mosquitos. No obstante, también puede ser atacada desde dentro por quienes salgan al paso de las exigencias que con­dujeron a su formación. Los más débiles se apartarán en­tonces de ella, mientras que otros que estaban a punto de su­mársele se volverán atrás a medio camino.

El ataque desde fuera solo puede fortalecer a la masa. Fí­sicamente separados, sus miembros tienden a reunirse con más fuerza. El ataque desde dentro es, en cambio, peligroso de verdad. Una huelga que haya obtenido determinadas concesiones se desintegrará a ojos vistas. El ataque desde dentro obedece a apetencias individuales. La masa lo siente como un soborno, como algo «inmoral», ya que se opone a su clara y transparente convicción básica. Todo el que per­tenece a una masa lleva en sí a un pequeño traidor deseoso de comer, beber, amar y vivir en paz. Mientras realice esas funciones despreocupadamente y sin demasiados aspavien­tos se le dejará hacer. Pero no bien se haga notar, comenza­rá a ser odiado y temido. Se sabrá entonces que ha sucum­bido a las tentaciones del enemigo.

La masa es siempre una especie de fortaleza sitiada, pero sitiada por partida doble: tiene al enemigo extramuros y lo tiene también en los sótanos. Durante el combate, atrae a un número cada vez mayor de partidarios. Frente a todas las puertas se congregan sus nuevos amigos y llaman impetuo­samente pidiendo ser admitidos. En los momentos favora­bles esta petición es atendida; pero también hay quienes escalan las murallas. La ciudad se llena cada vez más de combatientes, cada uno de los cuales trae consigo, sin em­bargo, a su pequeño traidor invisible, que se introduce a toda prisa en los sótanos. El asedio consiste en interceptar los refuerzos. Para los enemigos que están fuera, las mura­llas son más importantes que para los sitiados en el interior. Son los sitiadores quienes las apuntalan y elevan todo el tiempo. Procuran sobornar a los refuerzos, y cuando no lo­gran detenerlos, se ocupan de que el pequeño traidor que los acompaña reciba una dosis suficiente de hostilidad en su ca­mino hacia la ciudad.

El sentimiento de persecución de la masa no es otra cosa que el sentimiento de esta doble amenaza. Los sitiadores es­trechan cada vez más el cerco en torno a las murallas, los só­tanos se ven cada vez más minados desde dentro. Las accio­nes del enemigo son abiertas y previsibles cuando trabaja en las murallas, pero ocultas y traicioneras en los sótanos.

Este tipo de imágenes solo reflejan, sin embargo, una par­te de la verdad. Los que afluyen desde fuera y pugnan por entrar en la ciudad no son solo nuevos partidarios, refuerzos y apoyo, sino también el alimento de la masa. Una masa que no aumenta está en ayunas. Existen medios para soportar bien un ayuno semejante, y las religiones han adquirido en eso una gran maestría. A continuación veremos cómo las re­ligiones universales logran conservar sus masas sin que estas crezcan de manera brusca o violenta.

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