lunes, 10 de julio de 2017

la máscara


Christopher Nolan en su segunda entrega de su ya famosa trilogía sobre Batman empieza con una máscara, es la primera pista que nos anuncia por dónde irá la película y cuál es su visión de la careta. La creencia general es que la máscara sirve para ocultar, pero Nolan nos lo plantea de manera opuesta, sirve sobre todo para develar.

La máscara es parte de nosotros desde la temprana infancia y hacemos uso profuso de ella, generalmente de manera lúdica, cuando las circunstancias exigen que la identidad sea velada para dar paso así al desenfreno, es así como surge el carnaval o "carne vale".

Nolan nos la muestra de manera distinta, de una manera distante a la forma libertaria que nos ofrece Alan Moore en su cómic V for Vendetta, Nolan nos la muestra como un elemento carente del simbolismo libertario pero sí como algo que permite ver más allá. ¿Por qué elegimos este antifaz y no otro?, ¿qué hace que nos identifiquemos con tal o cual careta? Sutilmente nos lleva a los entresijos psicológicos de un personaje psicótico y es así como la careta ya no oculta sino que muestra la verdadera naturaleza del monstruo.

La máscara brinda entonces anonimato, protección. Anonimato en el caso del carne vale, el desafuero sin consecuencias, el anonimato libertario en caso de las luchas sociales.

El traidor, al igual que el asesino, necesitará tal vez más que nadie de la máscara, sin ella no habría traición o crimen, la deslealtad por cualquier motivo sería inútil. La traición necesita de un ingrediente primordial: la cercanía; por tanto la máscara será imprescindible.

A su vez también el verdugo necesitaba, aunque ya no, del velo para ocultar su identidad.

Los superhéroes las usan para proteger su identidad y por seguridad de los de su entorno frente a sus archienemigos, sin tener sentido todavía lo colorido y absurdo de las mallas que por lo general visten, excepto Superman quien sí viste mallas pero solamente con unas gafas de miopía tiene suficiente para proteger su identidad (asombroso).

Sin embargo en las comunidades indígenas de Imbabura la máscara cobra otro sentido, tiene un carácter eminentemente lúdico, no necesita ocultar nada, no requiere del anonimato, la máscara es apenas parte de una noche, de un ritual, todos saben quien está debajo de aquel antifaz. Su intención no es ocultar ni develar, sino divertir, divertir en un ritual por la vida.

Pero la máscara fundamental, la detentadora de todas sus características es la fotografía, tan elocuente que deja entrever más de lo que pretendería ocultar.

Joan Fontcuberta hace algunos años soltó la papa caliente, dijo lo que hasta ese momento nadie se había atrevido a decir, bajó a la fotografía del pedestal de la verdad verdadera y la colocó en el sitio que le corresponde: el de la creación; por lo tanto nos mostró cómo entender a la fotografía como lenguaje de ficción y por lo tanto de arte.

Su propia naturaleza exige pues que se quiebre permanentemente, aunque siempre estará ligada, cual matrimonio mal avenido, a la realidad objetiva.

Sin embargo, no hay documento histórico más fiable que la fotografía, siempre tendrá esa esencia dicotómica, de ser y no al mismo tiempo, cual partícula subatómica, de estar en la verdad y negarla, todo al mismo tiempo y siendo esa su esencia.

En estos tiempos, los de la posfotografía, su negación ya ha llegado a niveles de lo ridículo, porque no solamente se niega a si misma, lo que es natural y deseable, sino que va más allá, se niega en el plano del acto fotográfico mismo. Me refiero a las declaraciones del director de fotografía y fotógrafo Vincent Laforet, quien sostiene que la tecnología permite grabar fílmicamente en altísima resolución periodos largos, una vez hecho esto solamente sería cuestión de elegir el fotograma que más se ajuste al gusto y listo, negando así al acto fotográfico y dejando a la fotografía como una mera cuestión de cálculo matemático de probabilidades.

Si tenemos sesenta fotogramas por segundo y el operador graba un minuto, tendremos tres mil seiscientos fotogramas, lo que nos daría una probabilidad bastante plausible de conseguir un fotograma adecuado y a éste llamarlo fotografía.

¿Esto es nuevo?

Para nada, se lo viene haciendo desde hace muchísimo tiempo, desde que se inventó el cine ya se pensó en aquello, pero cobró verdadero potencial con la invención del motor de paso automático de película en las cámaras fotográficas convencionales, acentuado con el advenimiento de la fotografía digital y la opción ráfaga. Lo que propone Laforet es nuevo en tanto que se podría conseguir fotogramas en formato RAW y eso sí sería un salto en aquella idea.

¿La fotografía está en peligro?

Personalmente creo que no, era previsible desde hace algún tiempo atrás, porque esta es una práctica normal en el fotoperiodismo actual, lo que no ha potenciado para nada en el incremento de la calidad del trabajo fotográfico, sino que, como diría Sebastião Salgado, la habrá banalizado hasta convertirla en imagen carente de esencia. Imágenes que se parecen tanto, que parecen hechas por el mismo fotógrafo, carentes de estilo y por tanto huecas.

Sigo insistiendo que todo esto no ofrece peligro para la fotografía, porque era previsible que ocurriera, sobre todo en una realidad que cada vez más está llena de imágenes, una realidad que exige imágenes donde bien no debería haberlas, donde tal vez una ilustración debería ser más digna que una foto. 

¿Malos tiempos?

¡Para nada!, es el sino de estos tiempos, nada más, porque de esa manera la fotografía habría dejado ya de ser máscara para convertirse en lo que para lo que fue inventada, para ser un mero registro lindo de una realidad cada vez más absurda. No es para alarmarse, tanto como la literatura no se vio en peligro con los identificadores de voz.

Cuando la máscara cae es porque la fiesta terminó o porque la necesidad no existe, cuando la necesidad desaparece es porque la locura tocó a la puerta.

lunes, 3 de julio de 2017

el misterio de Robert Capa


En 2007 aparecen en México tres cajas de cartón conteniendo cerca de 4000 negativos inéditos sobre la Guerra Civil Española atribuidos a Gerda Taro (seudónimo de la alemana Gerta Pohorylle), David Seymour (Chim) y a Robert Capa (seudónimo del húngaro Endre Ernö Friedman).

El hallazgo llamó la atención de personajes relevantes como el escritor Juan Villoro y la cineasta Trisha Ziff, Ziff más tarde elaborará un gran documental sobre este archivo al que le dieron por llamar "la maleta mexicana". Compararon los negativos con los ocho cuadernos de trabajo tanto de Capa como de Chim, los que reposaban en los Archivos Nacionales de París. La investigación arrojó resultados, los negativos correspondían a la campaña de Brunete.

En su documental Trisha Ziff se hace una pregunta, ¿cuáles de las fotos atribuidas a Capa en realidad pertenecían a Taro?

Los tres fotógrafos, Taro, Chim y Capa habían llegado a España empujados por su profunda convicción antifascista, allí se encontraron con la otra fotógrafa Tina Modotti y el escritor Ernest Hemingway que estaba trabajando como corresponsal de guerra.

Los inicios fotográficos de la pareja Taro-Capa fueron bastante difíciles, la condición de mujer de Taro era uno de los mayores impedimentos para poder obtener fuentes de trabajo, al mismo tiempo ellos eran pareja sentimental y Capa había sido el maestro de fotografía de Taro, es así como después de tanto bregar deciden convertirse en un colectivo y crean al personaje Robert Capa, afamado fotógrafo, es así como el trabajo comienza a ya no ser esquivo, la pareja firma siempre su trabajo como "Photo Capa", aunque un poco antes de su muerte Taro comienza a firmar independientemente como "Photo Taro". Poco antes de su muerte aparece en la revista "Regards" todo un extenso reportaje, incluida portada, sobre la Guerra Civil Española de autoría de Gerda Taro.

A Taro la revista "Life"la reconocerá como la primera fotorreportera de guerra de la historia. Algunas personas han llegado a asegurar que el trabajo fotográfico de Taro es superior al de Capa, lo que personalmente creo que es irrelevante, cosa que más adelante explicaré el porqué.

Gerda Taro murió el 26 de julio de 1937, fruto de un accidente en medio de la confusión del repliegue de tropas de las Brigadas Internacionales comandadas por el General Walter, ella había subido al estribo del auto del general y en un momento cae y es aplastada por un tanque de guerra que seguía el paso al convoy.

Endre por cosas del destino hereda así la marca "Robert Capa", que se transforma en su nombre hasta el día de su muerte en Vietnam en 1954, es por esta razón que hasta ahora conectamos a Endre como Robert Capa.

El dilema sobre la autoría de "la maleta mexicana" estaría así resuelto, la autoría de los negativos en disputa en su totalidad son de Robert Capa, porque Capa no era una persona sino una marca.

Hace unos años escribí un artículo sobre la emblemática foto "el último miliciano", sobre la que ha caído una extensa polémica, parte de esa polémica está sobre a quién corresponde la autoría, si la foto fue hecha por Gerta o Endre, polémica que carecería de sentido porque para esa época la pareja firmaba su trabajo como "Photo Capa"

viernes, 30 de junio de 2017

fotografía y acto fotográfico (la era de la posfotografía)

Mucho se ha escrito sobre el acto fotográfico, entre los más famosos textos está el de Philippe Dubois, pero no es mi intención profundizar sobre las ideas del belga, sino por el contrario, intento salirme y reflexionar sobre la fotografía misma, fuera del acto.

Estos son los tiempos de la posfotografía, cuando la fotografía digital no solo cambió el soporte sino que cambió la manera de concebir la fotografía, para bien y para mal, ha creado un ejército de nostálgicos de lo analógico y del acto fotográfico.

La imagen fotográfica omnipresente impone con violencia su existencia, pero al mismo tiempo cual un dios su presencia brutal se vuelve invisible, nuestro cerebro tiende a eliminar lo que considera cacofónico, en su estructura está el germen de su pérdida.

La nostalgia hace su aparición en escena, pero ella siempre se ha alimentado de la anécdota, la fotografía por tanto se desviste de su naturaleza para transformarse en una puesta en escena, en un anecdotario del cómo se hizo, una imposición del acto fotográfico ya no como experiencia sino como anécdota.

Sin embargo la posfotografía nos lleva al plano de prescindir del acto fotográfico, no solo como un hecho, sino también desde lo simbólico.

¿Puede haber fotografía sin acto fotográfico?

Evidentemente sí, y no lo es de ahora, el collage, el montaje, fueron formas primitivas de fotografía divorciada del acto fotográfico, alimentándose de imágenes, desechando así al acto fotográfico que las concibió, eliminando así la anécdota para centrarse en el discurso de su operador. Ya no importa el cómo se hizo, sino qué representa.

La fotografía venía cambiando, el advenimiento del soporte digital no es su gestor, es parte del cambio, de su propia ruptura, no obstante la fotografía había tenido el proceso de masificación sostenida aunque tenía la preñez todavía de la alquimia reservada para un grupo de conocedores del "secreto". Sin embargo, hoy por hoy la alquimia se ha convertido en anécdota, desnudando completamente de su contenido, de su esencia y dejándola como una mero acontecimiento de habilidades nostálgicas.

¿Acaso la escritura murió con el aparecimiento de la máquina de escribir y la pérdida de importancia de la hermosa caligrafía?

¿Por qué la caligrafía es un problema nimio para la literatura?

Porque con el advenimiento de la imprenta la caligrafía pasó a un segundo plano, a uno eminentemente estético, la imprenta no solo masificó la publicación, sino que liberó a la escritura de semejante atadura y se centró en el contenido. Tanto es así que ahora nadie tiene esa inquietud, a no ser que sea por cuestiones de diseño.

Sin embargo la fotografía nació preñada de la anécdota, fue creada justamente para que cumpliera esa función, pero con el avance de su propio lenguaje el sentido accesorio del acto fotográfico pierde cada vez más fuerza, o si no es así, gestores cada vez más buscan anular aquella condición. Sin embargo, el fotoperiodismo sigue ligado, sin intenciones de que esto cambie en algunos casos, mas en otros hay la urgencia de liberarse de semejante vínculo, por ejemplo el caso más sobresaliente de Robert Frank.

¿El objetivo de la fotografía es documentar la realidad objetiva?

Sí, pero ya no.

En tiempos de la posfotografía aquello carece de sentido, porque la fotografía, como lo habíamos dicho antes, está sesgada desde su concepción, desde el momento en que el fotógrafo decide hacer tal o cual fotografía y no de manera distinta, porque el acto fotográfico será entonces un problema de sesgo, de condición social, cultural, económica, política y obviamente filosófica.

Sin embargo ya todo está fotografiado, todo está hecho y lo único que quedaría sería contar la cotidianidad de una realidad insulsa, pero hay la idea de que el resultado de esa realidad insípida sería también imágenes insulsas, aunque sabemos de que aquello no es un axioma, ni nunca lo será.

La fotografía entonces se trasladaría a la espectacularidad del paisajismo o la naturaleza, que per se dan para el efectismo por su propia esencia, al mismo tiempo también migraría a la espectacularidad del hecho, aunque como habíamos dicho la realidad se presenta como insulsa, por tanto lo hará hacia el acto fotográfico transformado en espectáculo.

Será por tanto el momento del acto heroico, de la adversidad, ya no de la esencia de la imagen sino de la anécdota de cómo y en qué circunstancias adversas la imagen fue lograda, la anécdota arrebataría por tanto el peso específico a la poesía, porque la condición sine qua non para lo poético es la deconstucción, mientras que la anécdota es un bálsamo de estuco que tapa la ausencia del metalenguaje poético.

Pero si la imagen fotográfica no logra ni siquiera grandeza a través de la anécdota del acto fotográfico, lo hará entonces en su presentación formal, se mostrará grandilocuente, rimbombante, con la pompa y circunstancia del efecto de su montaje, o sea de la portada que logre ya no como fotografía sino como acto de prestidigitación del diseño.

La anécdota arrebataría así a la fotografía de su esencia, la dejaría como mera constatación de que "así fue porque estuve allí", por tanto la imagen perdería sentido para trasladárselo a su operador en este caso al fotógrafo como obra, lo cual haría que el ingreso al museo ya no sería de la obra fotográfica, sino de su autor como obra misma y la fotografía como un mero elemento alegórico, como accesorio de semejante anecdotario.

En tiempos de la posfotografía será necesaria entonces la esencia anecdótica del color, la potencia de los rojos encendidos o los amarillos rayo o la profundidad del azul del cielo, porque necesita de ellos para lograr fabricar el espectáculo, tampoco será necesario el silencio del espectador al contemplar la imagen, sino que apelará a contar en qué circunstancias o sobre qué es la imagen, porque por si misma carece de performatividad. En la era de lo utilitario la anécdota cumple cabalmente su función.

¿Es preocupante?

Para nada, es el sino de los tiempos, siempre habrá espacio para la poesía, sino pregúntenle a Sebastião Salgado.

Fontcuberta dirá entonces: "Que la fotografía que nos queda, más que el arte de la luz, devenga el arte de la lucidez".

jueves, 29 de junio de 2017

la historia de una foto ... (o tal vez no)

Todavía tengo en mi poder una treintena de copias de algunas fotos que se perdieron definitivamente como consecuencia del robo de mi archivo de 2010, copias únicas de fotos que ya no existen más. Hasta hace algunos años revisaba el pequeño dossier de vez en cuando y sentía nostalgia, tristeza y una que otra vez rabia.

Han pasado siete años ya desde aquel evento, siente años en los que reconstruí una nueva obra, que afortunadamente tiene otra visión.

La historia de mi vida ha sido complicada, pero no viene al caso relatar los pormenores de ella en un espacio como éste, sin embargo su complejidad ha marcado la impronta de mi trabajo, cosa que poniendo un poco de atención se podía leer qué estaba pasando en mi interior. 

Han pasado siete años ya desde que tuve que empezar de cero, siete años en que regresé a la fotografía porque había estado alejado de ella, aunque no me vi obligado a volver sino que me vi motivado por un hecho que hay que llamarle como se debe: execrable.

Pero bueno, tampoco viene al caso seguir haciendo leña del árbol caído, a rey muerto rey puesto, es así como me puse a trabajar.

Decía que solía revisar las copias, ahora únicas, de las fotos perdidas y sentía algo de nostalgia, pero que con el tiempo fui revisando ese material cada vez menos, la obra había cambiado y me he sentido bastante cómodo con ese cambio, siempre sentí que la fotografía era un trabajo azaroso, con algo de miedo, sin embargo era lo que quería hacer y debía cada día vencer mis demonios y hacer. Ahora es distinto, es un acto cómodo.

Alguien me llamó y me sugirió que si yo estaría dispuesto a vender esas copias, sin pensarlo dije que sí, en el fondo de mi alma sentí algo de alivio y eso me llamó la atención. Fue así como encontré una foto que tenía su historia, había sido hecha en circunstancias de mucha alegría y podía recordar casi el instante mismo en que oprimí el botón del obturador, sentí las ideas que se me habían cruzado por mi mente en ese momento, volví a ese momento de manera literal.

Pasó el tiempo y sentí una pena que una foto tan querida ya no existiera más que en la impresión de esa única copia, se transformó en una idea recurrente la nostalgia y el pequeño dolor.

Tener una copia no es igual que poseer el negativo, es ser y no ser al mismo tiempo, es como mirar la foto del ser amado que ya no está más, algo parecido.

La foto original era la de un perro cansado y temeroso sentado junto a una cruz caída, el momento de fotografiar pensé que por qué el Cristo crucificado no habría de haber sido acompañado de un perro, el personaje que la Biblia había olvidado, que lo habían borrado tal vez de forma deliberada, obviamente era una imagen irrepetible.

Un día caminando por un pueblito un perro me adoptó, se pegó a mí, entré a la iglesia a ver qué posibilidades ofrecía fotográficamente el templo y el perro estuvo siempre a mi lado, en un momento vi como el animal se acostaba frente a una cruz que también estaba caída arrimada a la pared, pensé en la foto perdida y por un instante creí que no era conveniente hacer esa foto, luego medité que no tenía nada qué perder y disparé.

Hoy he vuelto a comparar las dos fotos, aunque distintas son el mismo concepto, pero a pesar de ser conceptualmente iguales su discurso es opuesto.
La primera, la anterior, su protagonista no es el perro sino la cruz, está en la penumbra ante una cruz iluminada, es un personaje timorato y triste, pero no solo el perro es el tímido, el fotógrafo también, o sea yo, también expresa un tanto de temor, la imagen es un picado y un poco distante. No así la segunda, la de este tiempo, la cruz no es protagónica sino el perro, tiene carácter, es un animal seguro y con aire victorioso, la foto ya no es lejana, la enfrento, me vuelvo parte de la imagen, estoy a la misma altura que el perro.

Los años pasan, a pesar de que toda la teoría uno la tiene dentro, solo los años enseñan a ver distinto, a resolver un mismo problema de distinta manera.

Tengo una obsesión por la fiesta popular, pero no por ella misma, sino por lo que ella suscita, lo que provoca, algo tal vez un poco difícil de explicar.

¿Por qué no hacer una variación sobre una foto?

Mi padre me dijo en una ocasión que el arte es una permanente y perpetua variación sobre un mismo tema, lo importante sería entonces hacer que las nuevas variaciones tengan tal peso específico que se distancien de la anterior variación, que a su vez ya ha sido una variación más de otras previas.

viernes, 3 de junio de 2016

viernes, 27 de mayo de 2016

Santiago, Coaque, la tierra sigue temblando


Santiago, un niño de Coaque de cinco años, me había marcado el alma, sabía que debería volver a la zona cero ya no para hablar sobre el desastre, quería hablar de un niño, de su particular manera de ver el mundo, de su experiencia luego del terremoto del pasado 16 de abril. Santiago me había cautivado porque me había dado muestra de una visión fantástica sobre el cosmos y las cosas, el terremoto había quedado atrás y Santiago se proyecta a futuro y eso era lo que yo quería contar.

El 17 de mayo emprendí viaje a Coaque junto a tres psicólogas, Adriana me había invitado a formar parte de su equipo y yo acepté sin vacilación, ella junto a Emilia y Mariana están trabajando en la contención psicológica con los niños de la zona, ellas iban a buscar niños, yo iba a buscar a tan solo uno, a él y a su familia, no sabíamos que la historia daría un giro inesperado y, por unos momentos, un tanto dramático.

Durante el camino era inevitable contar las experiencias que cada uno había tenido en la zona cero, llegamos a la tarde y cada uno se puso a trabajar en lo suyo, busqué y pregunté por Santiago hasta que di con su madre, ella fue a buscarlo y al rato regresó con él.

Vino con una mirada un tanto de reproche y luego musitó: "uté dijo que iba a volver". Acá estoy, contesté, luego le expliqué que mi regreso era exclusivamente para entrevistarlo y vi como sus ojos se abrieron como platos y al instante su expresión se suavizó, me miró y regaló una gran sonrisa, salió corriendo a contar al pueblo entero que lo iban a entrevistar. Así fue, regresó emocionado y le dije que al día siguiente iba a grabar la entrevista, que iría en la mañana y que estuviera atento porque quería contar su historia, me miró y su madre le dijo: Santiago, vas a ser famoso. Él solamente rió y empezó a jugar con un camioncito de juguete.

Unas fotos van, otras pocas vienen a él y otras a su mamá y nos despedimos hasta la mañana siguiente.

Mientras esperaba que Adriana y sus compañeras terminaran su labor, hacía en mi mente planes para poder contar la historia de Santiago, pensaba en que tal vez a nadie le interesaría dado que el terremoto cada vez se perdía más de las primeras planas, entretanto pensaba en que la historia de Santiago podría ser un tanto plana y limitada veía la expresividad de los niños, evaluaba en que tal vez podría contar la historia de todos ellos teniendo al pequeño como el eje central, posiblemente ahí tendría una historia más redonda y a mi gusto, decidí probar suerte y eché unos pocos cuadros.

Coaque sigue igual, hace ya un mes del terremoto y no ha pasado nada, bueno, hay más carpas en los campamentos de refugiados, han logrado limpiar los escombros de lo que alguna vez fueron sus casas, los desechos los han colocado en la calle, dicen que deberán pagar por las palas mecánicas y los camiones. No puedo creer que eso sea cierto, pienso que es el primer día y que más adelante podré descubrir qué mismo es lo que pasa, decido tomarlo con calma y solamente escucho.

El hostalero nos cuenta, algo indignado, sobre las reuniones que ha tenido, nos dice que hay demasiados ofrecimientos pero que hasta la fecha no hay visos de nada, nos menciona que hay un programa de créditos con un interés del 14%, a lo que interrumpo con el dato que a nivel bancario el interés es del 12% apenas, el hostalero me mira con atención y levanta la voz para decir: -ahí está el detalle-. Añade que él es el menos afectado y que necesitaría mínimo unos 150 mil dólares para volver a estar completamente operativo, que sus vecinos perdieron absolutamente todo, agrega, -¿cuánto van a necesitar ellos para volver a levantar sus hostales?-, pregunta. Apenas dos chocitas le han quedado, en ellas nos hospedamos nosotros, el resto nos cuenta que está con afectaciones.

A las 02h58, ya del 18 de mayo, la tierra vuelve a temblar, nos despertamos algo sobresaltados, a lo lejos se puede escuchar como caen platos y ollas en la cocina; Juan, el ayudante de cocina, llega con una linterna a preguntarnos si es que estamos bien, -aunque para que se llegaren a caer estas chozas se necesitaría un terremoto de grado 10-, dice.

-No podía dormir, me despertó un silbido como de una serpiente-, cuenta, -los perros comenzaron a ladrar fuerte, luego un silencio para empezar a moverse la tierra otra vez-, agrega. Calculamos que la réplica fue de más de 6 grados, más tarde nos enteraríamos que fue de 6.8.

Un intenso dolor de cabeza me despierta antes de las 6, voy a la cocina a ver qué pasó en la madrugada, hay destrozos, hay algunos frascos rotos, platos también rotos, ollas y aceite de la freidora regado por todo el piso, preparo un café y decido procesar el material del día anterior, tengo tiempo, las mujeres han despertado tarde.

El desayuno se convierte en un relato de qué diablos sintió cada uno, me llama la atención la calma de Adriana, Emilia y Mariana están mucho más expresivas, compiten por el turno para hablar con el hostalero, Juan ya ha recogido todo lo que yo no levanté, me dicen que el anecdotario para mi artículo estará con un tanto más de condumio, mientras tanto pienso en que ese podría ser un buen inicio de conversación con Santiago.

Llegamos a Coaque, cada quien va a lo suyo, las mujeres se quedan con los niños del campo de refugiados de la cancha de fútbol, yo voy a buscar a Santiago, miro una niña jugando en un columpio entre los escombros, creo que es buena idea fotografiar, saco la cámara y capturo la escena, camino en dirección de la pequeña carpa donde duermen Santiago y Carmen (su mamá), una mujer policía inicia una conversación sobre el motivo de mi estadía en el lugar cuando grita -¡temblor!-, yo no siento nada y sigo caminando, ella me toma del brazo y me dice, -aléjese de los cables eléctricos-, regreso a ver y miro que los postes se mueven cual paja al viento, casi no puedo mantenerme en pie, la mujer policía me sostiene del brazo y dice -tranquilo, tranquilo-, delante de mí (unos 3 metros) un tanque grande de reserva de agua de aproximadamente unos 5 metros cúbicos se vira cual vaso y vierte todo su contenido, es inevitable que el torrente me mojara, la mujer policía me pregunta si estoy bien y contesto afirmativamente a lo que ella dice que se va a ver si alguien necesita de su ayuda.

La gente corre gritando, una mujer grita llorando -¡ya no más, por favor ya no más!-, mujeres que buscan a sus hijos, niños que corren con expresión de terror por todas partes, decido que voy a fotografiar como registro apenas, no quiero fotografiar nada, decido hacerlo como una obligación mas no porque quisiera, he disparado unos dos o tres cuadros y decido que ya no más, que debo buscar a Santiago, sigo caminando hacia la pequeña carpa roja y de pronto Santiago me recibe con una sonrisa amplia.

-¿No sentiste miedo?-, pregunto.

Santiago contesta con un lacónico -no-

Carmen, su madre llora junto a una amiga, cuentan que la muda de pueblo a pesar de ser muda es chismosa y que anda regando el rumor de que el terremoto y sus réplicas son castigo divino. No puedo creer en la ironía, muda pero chismosa, pienso.

Santiago me mira con un dejo de impaciencia, me pregunta si le voy a hacer la entrevista y le contestó que sí, enciendo la grabadora y el niño es completamente incoherente. Ya decía yo que no podía estar tan calmado, pienso. Derivamos a conversar de la vida, Santiago esboza una gran sonrisa y guiña un ojo, va un retrato, no han pasado ni siquiera cinco minutos del último sismo.

Salgo del refugio y un hombre dice que en Pedernales han caído edificios y hay heridos, un tuk tuk se acerca y decido tomar viaje hacia la ciudad.

Voy en tuk tuk y el viaje se hace eterno, pero me parece que a pesar de lo dramático de la jornada esta no deja de parecer una escena cinematográfica.

Ya en Pedernales y con señal de teléfono decido llamar a casa y reportarme.

Seguimos y Pedernales me parece igual, vamos más adelante y la desolación vuelve a imponerse, encontramos un par de edificios por los suelos, en uno de ellos cuentan que apenas veinte minutos atrás la gente había sacado sus últimas pertenencias, un hombre sentado sobre las orugas de una pala mecánica me recuerda que el realismo mágico sigue en Manabí, damos algunas vueltas y decido regresar a Coaque, entre tantas cosas nunca averigüé cómo estaban las chicas. Llegamos a Coaque y ellas siguen en sus actividades, juegan y cantan con los niños.

Almorzamos con los damnificados, todos ellos en su pobreza comparten con nosotros lo poco que tienen, por primera vez pruebo fresco de vinagre de plátano y me parece delicioso, repito una y otra y otra vez. En la radio entra la noticia de que el último sismo había sido de 7.5, casi inmediatamente es desmentido por los órganos oficiales que lo ubican en 6.8 (intensidad en Quito), todos en la mesa coinciden en que este fue muchísimo más fuerte que el de la noche y que ni de lejos puede haber tenido la misma intensidad.

Yo solo cuento historias, pienso, ¿qué puedo saber de eso?, pero este último fue muchísimo mayor que el de la madrugada.

A la tarde voy a buscar a Rogelia, una mujer muy inteligente, en mi anterior viaje me había sorprendido por su lucidez, quiero saber qué futuro vislumbra ella para Coaque. Ella habla del turismo y de la reconstrucción con esa perspectiva, para mis adentros pienso que el turismo en estos dos últimos sismos ha quedado herido de muerte, ella habla y de pronto suspende la entrevista, regreso a ver y alguien ha llegado y no sé quién pudiera ser.

Al principio pienso que no es mi asunto y sigo sentado en su refugio, luego percibo cámaras de televisión y gente que está tomando fotografías, alguien grita -¡qué viva la doctora!-

Me acerco con algo de pudor, me percato que es la ex-vicepresidenta del defenestrado presidente Abdalá Bucaram, Rosalía Arteaga, está entregando paquetes de toallas higiénicas, pañales y ollas, tiene una sonrisa casi pegada con cemento, pienso en fotografiar el hecho pero el asco me vence, atino a mirar que Rogelia llama a la gente para que se retratara con la doctora Arteaga y grita vivas, decido que es mejor irme, el asco me invade.

En Coaque el 80% de los hombres se dedica a la albañilería, con estos dos últimos sismos todos los proyectos inmobiliarios y hoteleros se quedarán ahí, pienso. ¿Qué va a pasar con ellos, cómo podrán salir adelante con sus familias?. Por ahora el sostén económico está en manos de las mujeres, muchas de ellas trabajan en la empacadora de camarón de Coaque, pero el papá de Santiago es albañil y la madre no trabaja, ¿qué será de ellos?. El drama humano está servido, ya es un mes y poco se ha hecho, es una bomba que comienza a calentarse.

Jueves 19 llegamos a la tarde, un derrumbe no nos había dejado llegar en la mañana, encontramos un grupo del Ministerio de Salud que con megáfono en mano arengan a la gente cual si fuera un mitin político, que Coaque es el "crisol de la nacionalidad", dicen, que el país entero se siente orgulloso porque desde Coaque partió la Misión Geodésica Francesa, allá en el siglo XVIII, y por tanto Coaque es el "crisol de la patria". ¡Viva el Ecuador, viva Coaque!. Yo no entiendo nada.

Muy poco se ha hecho, el drama humano está por empezar y al parecer nadie quiere verlo, es un pueblo que le apuesta al turismo, un turismo que después de los dos últimos sismos se comenzó a mostrar no solo esquivo, sino extremadamente mezquino, la cada vez más certeza de que las cosas quedarán tal como estuvieron antes se me mete en la piel, la angustia de no poder hacer nada más que escribir y contar la historia de esta gente, una historia sesgada desde mis ojos.

Es hora de regresar y ni apenas comenzamos a alejarnos ya quiero volver.



jueves, 14 de abril de 2016