viernes, 12 de septiembre de 2008

resistencia es rendición

Slavoj Zizek


Una de las lecciones más claras que dejaron las últimas décadas es que el capitalismo es indestructible. Marx lo comparaba con un vampiro, y uno de los aspectos más notables de la comparación parece estar en que los vampiros siempre vuelven a ponerse de pie después de que se los mató a puñaladas. Ni siquiera el intento de Mao de limpiar los restos de capitalismo en la Revolución Cultural tuvieron éxito.

La izquierda de nuestros días despliega una variedad de reacciones ante la hegemonía del capitalismo global y su suplemento político, la democracia liberal. Por ejemplo, podría aceptar la hegemonía pero mantener la lucha por reformar sus reglas de funcionamiento (de esto trata la socialdemocracia de Tercera Vía).

También puede aceptar que la hegemonía llegó para quedarse, pero que se le debe ofrecer resistencia en los "intersticios".

O, si acepta que toda lucha es fútil porque la hegemonía es tan abarcativa que en realidad nada puede hacerse, espera un estallido de "violencia divina" (una versión revolucionaria del heideggeriano "solo Dios puede salvarnos").

También puede reconocer que por ahora su lucha es fútil. Según este planteo, con el triunfo del capitalismo global, no hay sitio a una verdadera resistencia, y todo lo que podemos hacer hasta que el espíritu revolucionario de la clase obrera mundial se renueve es defender lo que queda en pie del estado de bienestar, planteándole a los dueños del poder exigencias que sabemos que no pueden cumplir; aparte de eso, nos retiramos a los estudios culturales, donde se puede continuar en calma con la tarea crítica.

Otra posibilidad está en enfatizar el hecho de que el problema es más fundamental, que el capitalismo global, en último análisis, es un efecto de los principios subyacentes de la tecnología y la "razón instrumental".

O plantea que se puede minar el capitalismo global y el poder del estado, en vez de atacarlo directamente, redirigiendo el campo de batalla a las prácticas cotidianas, donde se puede "construir un mundo nuevo"; así, los cimientos del poder del capital y del estado se verán minados gradualmente y, en algún momento, el estado colapsará (el ejemplo típico es el movimiento zapatista).

Si elige la ruta "postmorderna", en vez de mantener el combate anticapitalista se dirigirá a las múltiples formas de combate político-ideológico por la hegemonía, poniendo énfasis en la importancia de la rearticulación discursiva.

O puede blandir el estandarte de que se puede repetir a nivel posmoderno el gesto marxista clásico: poner en acto la "negación determinada" del capitalismo, porque con el ascenso que vive en nuestro tiempo el "trabajo cognitivo", la contradicción entre producción social y relaciones capitalistas se hizo más dura que nunca, con lo cual por primera vez se hace posible la "democracia absoluta" (esta sería la posición de Hardt y Negri).

Ninguna de estas posiciones intenta evitar algún tipo de política de izquierdas "verdadera"; en realidad tratan de sortear el obstáculo que presenta la ausencia de esa posición. Pero esta derrota de la izquierda no cierra todo el balance de los últimos treinta años. De los comunistas chinos, que están dirigiendo lo que puede presentarse como el más explosivo desarrollo capitalista de la historia, y del crecimiento de la socialdemocracia europea occidental de Tercera Vía se puede sacar otra lección, no menos sorprendente: que lo podemos hacer mejor. En el Reino Unido, la revolución thatcherista fue, en su momento, caótica e impulsiva, plena de contingencias impredecibles. Quien la institucionalizó realmente fue Tony Blair o, para decirlo en términos hegelianos, quien elevó (lo que al principio aparecía como) una contingencia, un accidente de la historia, a una necesidad. Thatcher no era thatcherista, era solo ella misma; fue Blair, más que Major, quien dio al thatcherismo su verdadera forma.

En la izquierda posmoderna, algunos críticos de este planteo han optado por llamar a una nueva política de resistencia. Los que siguen insistiendo en combatir contra el poder del estado (ni hablar de los que hablan de tomarlo) siguen bajo la acusación de congelamiento en el "viejo paradigma". Hoy, dicen los críticos, la tarea consiste en resistir al poder del estado saliéndose de su terreno para crear nuevos espacios fuera de su control. Por supuesto, estamos ante una inversión formal pero no real ("obversión") de la aceptación del triunfo del capitalismo. La política de la resistencia no es más que un complemento moralizante a la izquierda de la Tercera Vía.

En su libro más reciente (Infinitely Demanding), Simon Critchley se ha convertido en la encarnación casi perfecta de este planteo.[*] Para él, el estado liberal democrático llegó para quedarse. Los intentos de abolirlo fallaron miserablemente; por lo tanto la nueva política tiene que ubicarse a cierta distancia del estado: movimientos antibélicos, organizaciones ecológicas, grupos de repudio contra los abusos racistas o sexistas, y otras formas similares de auto-organización. Tiene que ser una política de resistencia al estado, de bombardeo al estado con exigencias imposibles, de denuncia de las limitaciones de los mecanismos estatales. El argumento fundamental en defensa de una política de resistencia distanciada del estado depende de la dimensión ética del clamor, "infinitamente exigente", pro justicia: no hay un solo estado que pueda cumplir con este clamor, porque su fin último es de "realpolitik": asegurar su propia reproducción (su crecimiento económico, la seguridad pública, etc.) "Por supuesto", escribe Critchley, "quienes suelen escribir la historia son los que tienen los palos y las armas, y no se puede esperar derrotarlos con la sátira burlona o con plumeros. Pero, como lo ha mostrado con elocuencia la historia del nihilismo ultraizquierdista activo, al momento de tomar las armas y los palos uno está perdido. La resistencia política anárquica no debería intentar una copia mimética y especular de la soberanía violenta ("árquica") a la que se opone."

Entonces, digamos, ¿qué tendrían que hacer los demócratas de EEUU? No competir más por el poder del estado, y retirarse a sus intersticios, para que los republicanos tengan el poder del estado, y entonces ¿iniciar una campaña de resistencia anárquica contra él? Y qué haría Critchley si tuviera que enfrentar un adversario como Hitler? Suponemos que en ese caso nadie debería darse a "una copia mimética y especular de la soberanía violenta ("árquica") a la que se opone", ¿no? Acaso no le convendría a la izquierda distinguir las circunstancias en las que hay que recurrir a la violencia contra el Estado de aquellas en las que solo se puede luchar "con la sátira burlona o con plumeros"? El centro de la ambigüedad de Critchley está en un silogismo extraño: el estado (o el capitalismo) están para quedarse; no hay modo de abolirlos; ¿porqué entonces retirarse de él? Porqué no actuar desde ad(en)tro mismo del Estado? Porqué no aceptar la premisa básica de la Tercera Vía? Porqué limitarse solamente a, como dice Critchley, "poner en cuestión el estado y al orden establecido, no para eliminar el estado por deseable que en cierto sentido utópico pudiera ser esto último, sino para mejorar su efecto pernicioso o atenuarlo"?

Estas palabras solo demuestran que el estado democrático liberal de nuestros días y el sueño de una política anárquica de "exigencia infinita" sostienen un vínculo de mutuo parasitismo: los agentes anárquicos se dedican al pensamiento ético, y el estado hace el trabajo de regular y gestionar la sociedad. El agente anárquico, ético-político, de Critchley actúa como un superyo, que bombardea constante y confortablemente con sus exigencias al estado; y cuanto más trata de satisfacerlas ese estado, más culpable parece ser. De acuerdo a esta lógica, los agentes anarquistas no concentran sus protestas en las dictaduras abiertas sino en la hipocresía de las democracias liberales, acusadas de traicionar los mismos principios que dicen profesar.

Unos años atrás hubo grandes marchas en Londres y Washington contra el ataque de EEUU a Iraq, que nos dan un caso típico de esta relación, extrañamente simbólica, entre poder y resistencia. Su resultado paradojal es que las dos partes quedaron satisfechas. Los manifestantes salvaron sus hermosas almas: dejaron en claro que no coinciden con la política de su gobierno en Iraq. El poder aceptó en calma la protesta, y es más, se benefició con la misma: no solo las protestas no impidieron de ninguna manera la decisión tomada de atacar a Iraq sino que sirvieron para legitimarla. Así, la reacción de George Bush frente a las manifestaciones masivas que repudiaban su llegada a Londres fue, en fecto: "Ven? Es por esto por lo que peleamos, para que lo que esta gente está haciendo aquí -protestar contra la política de su gobierno- sea posible en Iraq"

Debe notarse que el curso que tomó Hugo Chávez desde 2006 es el opuesto exacto al elegido por la izquierda posmoderna: lejos de resistir al poder del estado, lo tomó (primero intentó un golpe que fracasó; luego por vía democrática) y utilizó despiadadamente el aparato de estado venezolano para llegar a sus objetivos. Es más: está militarizando los barrios, y organiza -y entrena- en ellos unidades armadas. Y, terror de los terrores, ahora que siente los efectos económicos de la "resistencia" del capital a su gobierno (escaseces temporales de ciertos bienes en los supermercados subsidiados por el estado) ha anunciado planes para consolidar en un solo partido los 24 que lo apoyan. Esta movida provoca escepticismo incluso entre algunos de sus aliados. ¿Se dará a expensas de los movimientos populares que confirieron su vitalidad a la revolución venezolana? La elección, sin embargo, aunque riesgosa, merece todo nuestro apoyo: de lo que se trata es de asegurar que el nuevo partido no funcione como un partido típico de socialismo de estado (o peronista), sino como un vehículo de movilización de nuevas formas de hacer política (como los comités de base de los barrios). ¿Qué tendríamos que decirle a alguien en la situación de Chávez? "No, no tome el poder del estado; mejor, retírese, deje el estado y la situación actual en su sitio"? Se suele acusar de payasesco a Chávez, pero semejante retirada, ¿no lo reduciría a una versión del "Subcomandante Marcos", ése al que muchos izquierdistas mejicanos conocen hoy como el "Subcomediante Marcos"? Hoy, son los grandes capitalistas -Bill Gates, los contaminadores corporativos, los cazadores de zorros- los que "resisten" al estado.

La lección que se extrae es que lo verdaderamente subversivo no está en insistir en exigencias "infinitas" que sabemos que no pueden ser cubiertas por quienes tienen el poder. Dado que saben que lo sabemos, una actitud semejante no les genera el menor inconveniente: "Qué maravillosas que son vuestras exigencias críticas, nos recuerdan en qué clase de mundo desearíamos vivir todos. Por desgracia, vivimos en el mundo real, donde tenemos que hacer lo posible" Al contrario, lo que hay que hacer es bombardear a quienes detentan el poder con exigencias finitas, precisas, estratégicamente bien elegidas: a eso no se le puede oponer excusa semejante.

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