domingo, 11 de mayo de 2008
¿cuánta democracia es demasiado?
"Democracia" no es meramente el “poder de, por, y para la gente", no es suficiente sólo afirmar que, en la democracia, la voluntad y los intereses (que de ninguna manera coinciden automáticamente) de la gran mayoría determinan las decisiones estatales. La democracia -en la manera en que este término se usa hoy- concierne, sobre todo, al legalismo formal: su definición mínima es la adhesión incondicional a un cierto juego de reglas formales que garanticen que los antagonismos están totalmente absorbidos dentro de las “reglas del juego.”
"Democracia" significa que, ante cualquier manipulación electoral que realmente haya tenido lugar, cada agente político respetará los resultados incondicionalmente. En este sentido, las elecciones presidenciales norteamericanas del 2000 fueron efectivamente "democráticas". A pesar de las obvias y patentes manipulaciones electorales en Florida, el candidato Democrático aceptó su derrota. En las semanas de incertidumbre después de las elecciones, Bill Clinton hizo un comentario mordaz y apropiado: " La gente americana ha hablado; nosotros apenas sabemos lo que ellos dijeron" Este comentario debe ser tomado más en serio de lo que fue tomado, pues reveló cómo la actual maquinaria democrática puede ser problemática, para decirlo rápidamente. ¿Por qué la izquierda debe respetar siempre e incondicionalmente las “reglas formales del juego"? ¿Por qué si, en algunas circunstancias, se debe poner en cuestión la legitimidad del resultado de un procedimiento democrático formal?
Alternativamente, hay por lo menos un caso en que los demócratas formales (o, por lo menos, una porción sustancial de ellos) tolerarían la suspensión de la democracia: ¿Y si las elecciones formalmente libres son ganadas por un Partido anti-democrático cuyas promesas de plataforma son la abolición de la democracia formal? (Esto pasó, entre otros lugares, en Argelia hace unos años.) En tal caso, muchos demócratas indicarían que las personas no son lo bastante "maduros" aún para que les sea permitida la democracia, y que algún amable déspota ilustrado -cuyo objetivo sería educar a la mayoría para volverlos propiamente demócratas- es preferible.
Siguiendo esta línea de ataque retórica, la limitación gradual de la democracia es claramente perceptible en los esfuerzos por "volver a pensar" la situación actual en las consecuencias de la guerra en Irak. Uno es, claro, por la democracia y los derechos humanos, pero uno debe volverlo a pensar. Una serie de recientes intervenciones en el debate público da un sentido claro de la dirección de esto que "vuelve a pensarse. En “El Futuro de Libertad”, Fareed Zakaria, un columnista favorecido de Bush, localiza la amenaza a la libertad en “llevar en exceso a la democracia", es decir, en el levantamiento de democracia "iliberal en casa y en el extranjero". Él delinea la lección de que la democracia sólo puede tener éxito en los países económicamente desarrollados: Si se democratizan a los “países en vías de desarrollo" prematuramente, el resultado es un populismo que acaba en la catástrofe económica y el despotismo político.
Ninguna maravilla, esta teoría marcha con el hecho de que hoy los países del Tercer Mundo económicamente más exitosos (Taiwán, Corea Sur, Chile) sólo abrazaron la democracia plena después de un período de gobierno autoritario. Las lecciones inmediatas para Irak son claras e inequívocas: Sí, los Estados Unidos deben llevar la democracia a Irak, pero no inmediatamente. Debe de haber primero un período de cinco o más años en que un régimen benignamente autoritario, -EE.UU.- controle y haga la tarea de crear las condiciones apropiadas para el funcionamiento eficaz de la democracia. Por ejemplo, ese régimen no tolerará un deseo democrático de nacionalizar las ganancias del petróleo, o un deseo de aplicar sanciones a Israel, o una negativa a los esquemas de libre comercio global. Nosotros sabemos ahora lo que significa llevar la democracia: Significa que los Estados Unidos y sus “deseosos compañeros" se impongan como los últimos jueces que deciden si y cuando un país está maduro para la democracia.
En cuanto a los Estados Unidos mismos, el diagnóstico de Zakaria es que "América está abrazando cada vez más un populismo tonto que valora la popularidad y la franqueza como la medida importante de legitimidad. ... El resultado es un desequilibrio profundo en el sistema americano, más democracia pero menos libertad." El remedio es así neutralizar esta excesiva "democratización de la democracia" delegando más poder a los expertos imparciales asilándolos de la disputa democrática, como bancos centrales independientes.
Tal diagnóstico no puede sino provocar una risa irónica: Hoy, en la supuesta “excesiva democratización” ("overdemocratization"), los Estados Unidos y Gran Bretaña comienzan una guerra en Irak contra la voluntad aplastante del resto del planeta (y, en el caso de Gran Bretaña, de sus propios habitantes). ¿Y nosotros no estamos todo el tiempo, dando testimonio de la imposición de decisiones importantes concernientes al comercio global por cuerpos "imparciales" exentados del mando democrático? ¿Más aun fundamentalmente, no es ridículo quejarse de la "excesiva democratización" en un tiempo en que las importantes decisiones económicas y geopolíticas son, como regla, un problema de no elecciones? Durante por lo menos las últimas tres décadas, las demandas de Zakaria son ya un hecho.
Qué nosotros lo atestigüemos hoy eficazmente es una grieta en el ideológico estilo de vida, dónde se solicita rabia y ferocidad en los debates y se crean opciones (el aborto, los matrimonios de gays, etc.), y la política económica básica se presenta como un dominio despolitizado de la autoridad del especialista - la proliferación de la "overdemocracy" con los "excesos" o la acción afirmativa, la "cultura de la queja", y las demandas para financiar y restituir a las víctimas, es finalmente el frente cuyo lado trasero es la tejedura silenciosa de la lógica económica.
El anverso de la misma tendencia a neutralizar los excesos democráticos es la destitución abierta de cualquier cuerpo internacional que controlaría la conducta de una guerra eficazmente. Ejemplar aquí es Kenneth Anderson quien en su reciente ensayo publicado en The New York Times Magazine "¿Quién posee las reglas de la guerra?" cuyo subtítulo hace inequívocamente el punto claro: "La guerra en Irak exige un repensar las reglas internacionales de conducta. El resultado podría significar menos poder para lo neutral, los bien-intencionados grupos de derechos humanos y más para los grandes-estados-que manejan la batuta (big-stick-wielding states). Ésa sería una cosa buena”.
La queja principal de este ensayo es que, "durante los últimos 20 años, el centro de gravedad que había establecido, interpretando y formando la ley de guerra ha cambiado gradualmente fuera de los ejércitos de los principales estados principales hacia los activistas y las agresivas ONGs". Esta tendencia se percibe como un desequilibrado, "injusto" hacia los grandes poderes militares que intervienen en otros países, y parcial hacia los países atacados -con la clara conclusión de que los ejércitos de los grandes-estados-manejadores-del-garrote (big-stick-wielding states)" deben ellos mismos determinar las normas con las que han de juzgar sus propias acciones.
Esta conclusión es de hecho consistente con el rechazo americano de la autoridad de la Corte Delictiva Internacional sobre sus ciudadanos. Y por ello deletrea una realidad amarga: que una nueva edad oscura está descendiendo en la raza humana.
sábado, 10 de mayo de 2008
el objetivo es desarmar al enemigo
Karl von Clausewitz
Este es un fragmento del libro "De la Guerra", valioso en estos momentos que algunos "expertos" han soltado tantas estupideces, espero que solo sean estupideces por ignorancia y un pésimo asesoramiento.
Hemos afirmado que el desarme del enemigo es el propósito de la acción militar, y ahora conviene mostrar que esto es necesariamente así, por lo menos en teoría. Para que al oponente se someta a nuestra voluntad, debemos colocarlo en una tesitura más desventajosa que la que supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de tal posición no tendrán que ser naturalmente transitorias, o al menos no tendrán que parecerlo, pues de lo contrario el oponente tendería a esperar momentos más favorables y se mostraría remiso a rendirse. Como resultado de la persistencia de la acción militar, toda modificación de su posición tiene que conducirlo, por lo menos teóricamente, a posiciones todavía menos ventajosas. La peor posición a la que puede ser conducido un beligerante es la del desarme completo. Por lo tanto, si hemos de obligar por medio de la acción militar al oponente a cumplir con nuestra voluntad, tenemos o bien que desarmarlo de hecho, o bien colocarlo en tal posición que se sienta amenazado por la posibilidad de que lo logremos. De ahí se desprende que el desarme o la destrucción del adversario (sea cual fuere la expresión que escojamos) debe consistir siempre el objetivo de la acción militar.
Pero no cabe considerar la fuerza como la acción de una fuerza viva sobre una masa inerte (el aguante absoluto no sería guerra en modo alguno), sino que es siempre el choque entre dos fuerzas vivas. En ese sentido, lo que hemos afirmado sobre el objetivo último de la acción militar es aplicable a uno y otro bando. De nuevo nos hallamos aquí ante una acción recíproca. Mientras no haya derrotado a mi oponente, tengo que albergar el temor de que sea él quien pueda derrotarme. Por tanto, no soy ya dueño de mí mismo, sino que aquél me justifica, al tiempo que yo lo justifico a él. Es esta la segunda acción recíproca que conduce a un segundo caso extremo.
viernes, 9 de mayo de 2008
el comunismo posmoderno
Gianni Vattimo
Un adiós al socialismo que ha dejado de creer en la transformación radical de la sociedad. Aunque quizá, todavía, la revolución se puede pensar en términos menos autoritarios, más irónicos y anárquicos.
Era poco compasivo el comentario de Noam Chomsky sobre el grueso volumen que hace unos años llamó su atención, el Imperio de Toni Negri, traducido por Alcira Bixio que, quizá también por mérito de su colaborador norteamericano Michael Hardt, parecía menos hermético que muchas de las obras del profesor de Padua. Chomsky observó que las tesis de Imperio podrían haber sido expresadas de forma más útil y clara en un número de páginas mucho menor, en vez de en un volumen de ese estilo y de esas proporciones. Leyendo ahora las conversaciones de Negri con Raf Valvola Scelsi autor, entre otras cosas, de una antología de textos políticos titulada Cyberpunk nos damos cuenta de cuan útil es para la comprensión, e incluso para la capacidad persuasiva de las ideas de Negri, la colaboración de alguien que le escuche y que le ayude a resumirlas y aclararlas.
Adiós al socialismo (Goodbye Mr Socialism es el título de la edición italiana), el libro del que aquí se habla no es para nada, como es obvio para cualquiera que conozca a Negri, una puesta en acto de lo que desgraciadamente gran parte de la izquierda parece haber aceptado, esto es, que no hay ningún sistema económico eficaz a parte del capitalismo. Al socialismo aquí se le dice adiós justamente porque se ha dejado fascinar (y no precisamente por motivos estéticos) por el modo de producción capitalista, renunciando a su propósito originario de conducir a la humanidad fuera de la prehistoria de la explotación y de la violencia. El desastre del socialismo real de la URSS, culminado en la dictadura stalinista y sus crímenes sangrientos, se explicaría fundamentalmente por estas traiciones originarias que, más allá de las decisiones personales de Stalin, se volvieron necesarias por el asedio en el que desde el principio las potencias capitalistas encerraron al estado soviético. De todo lo demás nos podemos hacer una idea fácilmente: para llevar la Rusia feudal de principios del siglo XX hasta el punto de competir con EEUU en la carrera espacial en los años cincuenta, era difícil no seguir el camino de la industrialización forzada que hizo que se perdiera todo contenido liberatorio del sistema de los soviets: del programa original de Lenin (comunismo como la suma de soviet e industrialización) quedó solamente el ideal del desarrollo industrial acelerado, necesario para no ser estrangulados por el asedio del capitalismo (y para, entre otras cosas, combatir a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial). No es que así Negri absuelva completamente a Stalin y a la clase dirigente soviética que lo siguió; pero si que muestra cuánto de objetivamente inevitable hubo en la involución de la Rusia de la Revolución de Octubre hasta la caída del muro de Berlín. Todo se deriva de no haber creído, o de no haber podido creer, tanto en la transformación radical de la sociedad como en la creación del nuevo hombre soviético que la tendría que haber producido.
Por lo tanto el socialismo ha muerto por suicidio, se ha reducido en los sistemas socialdemócratas industriales, a un capitalismo de Estado que –justamente en cuanto fundado en la idea de beneficio, rebajada tan solo con algún mecanismo redistributivo (sociedad del bienestar etc.)- da muestras de no poder ir al mismo ritmo que el capitalismo “auténtico” que busca los beneficios y para lo cual reconstruye continuamente estructuras de dominio y de explotación. El final del socialismo, se podría decir, demuestra para Negri la imposibilidad de que el capitalismo siga existiendo. En ello tiene una buena parte de responsabilidad el desarrollo de las tecnologías en la era de la informática.
¿Cómo se puede pretender, por ejemplo, que siga siendo posible defender la propiedad intelectual -de los software, de los brebajes farmacéuticos, de la música, de las películas- en una sociedad en la que Internet tiende a poner todo “en común”?
Incluso fenómenos como Echelon –el sistema de interceptación “universal” de mensajes que, dirigido por EEUU y Gran Bretaña, ya vigila toda nuestra vida- ya no permite pensar en la distinción entre público y privado en los términos tradicionales; y si no se quiere transformar todo esto en una horrenda máquina orwelliana, es necesario repensar el sistema social al completo. Que en el fondo debería recuperar el ideal original del soviet- de los consejos de ciudadanos implicados en primera persona en la dirección colectiva de la cosa pública.
Negri, que acaba de publicar otro libro voluminoso y “programático”, Multitud. Guerra y democracia en el nuevo orden imperial confía mucho en la potencia de las nuevas tecnologías en el sentido de la afirmación de lo que él llama “lo común”, esto es, que no es privado pero que tampoco es público en el sentido tradicional, es decir, estatal. Comunes son ciertos bienes que, como en las sociedades preindustriales, y todavía hoy en ciertas formas de cultura comunitaria no completamente europeizadas (por ejemplo las sociedades andinas), están a disposición de todos (como por ejemplo lo fueron los pastos comunales). Agua y aire limpio son bienes “comunes” de este tipo, que tienden a serlo siempre y cuando no cambie el orden capitalista en el que todavía vivimos. Un comunismo “soviético” en el sentido originario de la palabra parece hoy más posible de cuanto lo fuera a principio del siglo XX: por ejemplo (como sugería un bonito libro de Aldo Schiavone de hace ya unos cuantos años) en una sociedad en la que todos tengan acceso a la red informática es más fácil evitar la burocratización de los partidos y de las estructuras estatales que han sofocado las sociedades socialistas, ya que se puede poner en común mucha más información y así también democratizar muchas de las decisiones de interés general.
El pensamiento post-moderno del que Negri desconfía injustamente, quizá por un exceso de influencia de autores anglosajones o incluso del propio Habermas- al cual demonizan como el enemigo de esa “modernidad” que ni siquiera a Negri debería gustarle tanto (stalinismo como estado más “modernización”)- ha trabajado precisamente sobre este terreno, sobre la apertura a nuevas formas de vida individual y colectiva menos centradas en el sujeto propietario e incluso quizá menos relacionadas con los ideales “políticos” de la modernidad. Precisamente en cuanto post-modernos, podemos decir, que pedimos excusas por la ausencia de programas estrictamente políticos dentro del discurso de Negri. Cuando habla de las multitudes y de los síntomas de su despertar de varias formas y en diferentes partes del mundo (no global, experiencias cooperativas etc.) parece que sus tesis se difuminan en una especie de espera mística de una renovación que –justamente por eso- no puede identificarse con la fundación de un partido o con la toma del Palacio de Invierno.
Puede que sólo el postmodernismo (y estoy pensando en Nietzsche y en Heidegger, al cual Negri tacha de reaccionario) pueda ayudarnos a pensar una “revolución” que no pretenda crear un nuevo “orden” establecido y formalizado rígidamente (como en el fondo querría Habermas), sino que acepte preparar, con un estilo un poco más irónico y anárquico, nuevas formas de existencia, de las cuales, por ahora, tenemos sólo una vaga intuición.
jueves, 8 de mayo de 2008
¡que alguien me explique!
Esta es la definición de terrorismo que hace el pequeño W según la Inciclopedia (Wikipedia en joda)
Bueno, algo parecido pasa por acá cuando se pide que definan qué mismo es el terrorismo, y de pronto se acusa a los gringos, que Uribe es un chacal del imperio, etc, etc, etc. Bueno, ¿y qué es terrorismo? .......(canto de grillos).
Terrorismo es la sucesión de actos de violencia caracterizados por inducir al terror y dirigidos a la población civil de manera deliberada. A ver, resumiendo, terrorismo es transformar a objetivos civiles en objetivos militares a través de terror.
¿Bombardeo a un poblado en Irak es terrorismo?
Sí, es terrorismo, siempre que este fuere un acto deliberado.
¿Secuestro de ciudadanos para transformarlos en escudos humanos de una guerrilla?
Sí, es terrorismo porque los ciudadanos (civiles) han sido secuestrados de forma deliberada con un claro objetivo militar.
Ah, no creo que Uribe sea un chacal del imperio, sino que el imperio la hace de chacal de Uribe. Esto solamente para remover el tablero un poquito, a ver si así pueden seguir jugando.
¿Entendieron?
...........(canto de grillos)
¿Qué mismo es soberanía?
Es el ejercicio de autoridad soberana que reside en el pueblo y que se ejerce a través de los poderes del estado.
¿Entendieron?
..........(canto de grillos)
O sea, no hay soberanía alimentaria, ni energética, ni de los choferes. La soberanía es el poder del pueblo expresado a través de los poderes del estado.
No confundan señores doctores graduados en Lovaina, soberanía es oooooootra cosa muy distinta a la que ustedes plantean. ¿O será que crear confusión en los conceptos da votos?
No sé, lo único que sé es que alguien (de cuyo nombre no quiero acordarme) reconoció nunca haber leído a Marx, obviamente porque en Lovaina no está Marx en el pensum de lecturas, y peor en los Estados Unidos.
Ahora entiendo porqué se hace uso de la versión descafeinada del socialismo autoría de Heinz Dieterich Stefan, y obviamente un año y medio después todavía no pueden explicarnos qué mismo es su socialismo, no pueden porque está en construcción. Y está en construcción sin planos, sin cálculos, sólo albañiles y cada cual por su lado.
miércoles, 7 de mayo de 2008
y ahooooooora ...... ¡Tom Waits!
Siempre es tan refrescante el tono deliciosamente decadente de Tom Waits