viernes, 3 de octubre de 2008

el escritor

Bertolt Brecht


Un escritor a quien preguntaron por qué en sus trabajos hablaba siempre sólo de miseria y siempre analizaba y describía el influjo destructor de la miseria en los hombres, y por qué nunca trazaba imágenes de la vida humana más esperanzadoras y más agradables, contó la siguiente historia.

A un hombre que se sentía indispuesto desde ya hacía mucho tiempo y estaba postrado con todos los síntomas de una enfermedad grave, le trajeron un médico que, en un mínimo de tiempo, consiguió tranquilizar al enfermo y a sus afligidos familiares e infundirles la esperanza de un pronto restablecimiento. Les dijo el nombre de la enfermedad y clasificó el caso como relativamente sencillo y pasajero. Dio instrucciones precisas y prescribió distintos medicamentos y no omitió esfuerzo alguno para visitar al enfermo incluso varias veces al día, convirtiéndose de esta manera en el huésped mejor recibido de la casa.

Pero la enfermedad del hombre fue agravándose y pronto no pudo ni levantar un dedo, tanto le había debilitado la fiebre. Pero el médico hablaba del verano, de viajar, del día en que el enfermo, otra vez sano, llevaría una buena vida.

Uno de aquellos días un viejo amigo de la familia, famoso médico también, pasó por la ciudad en que vivía este hombre. Cuando vio al enfermo, se horrorizó, pues se dio cuenta de que el hombre, que era amigo suyo, no seguiría viviendo. Reconoció al enfermo largamente y a fondo y no ocultó a sus familiares sus temores, aunque, según dijo, no estaba en condiciones de diagnosticar las causas exactas de la enfermedad.

Y como fuera que el hombre murió en realidad dos días después, la madre desesperada preguntó al amigo si su hijo no hubiera podido salvarse, pues había oído decir que precisamente esta enfermedad que el médico le había dicho, raramente tenía un desenlace fatal. El amigo reflexionó un rato y luego dijo: «No, no hubiera podido salvarse». Pero al hermano del difunto, el hijo menor, le dijo afuera: «Si se hubiera confiado inmediatamente su hermano a un cirujano, hoy todavía viviría. Esta es mi opinión y a usted se la digo. Su madre es anciana y ya no necesita la verdad, sino consuelo. Pero usted es joven y necesita la verdad.» «¿Y por qué el médico que llamamos entonces no lo confió en seguida a un cirujano?», preguntó el muchacho. «¿Por qué ha estado hablando siempre de mejoría y de la salud de mi hermano?

¿Y para qué medicamentos caros e instrucciones precisas, si no sirvieron de nada?».

«No siempre los medicamentos caros y las instrucciones precisas tienen que servir, joven; pero lo que se le debe exigir a un médico es que diagnostique las verdaderas causas de la enfermedad. Para curar a alguien, se necesita primero el oportuno diagnóstico. Y para poder establecer el diagnóstico acertado, se necesita no solamente un profundo conocimiento de la medicina, sino también un interés real en la curación de la enfermedad. No basta que sea médico, tiene también que poder ayudar. Aquel médico hablaba de mejoría cuando todavía no había diagnosticado las verdaderas causas de la enfermedad. Pero yo hablo siempre de enfermedad y sólo de enfermedad, hasta que no conozca las verdaderas causa de la afección y los medios precisos para combatirla positivamente, y hasta que no aparezcan los primeros síntomas de mejoría. Sólo entonces hablo quizá también de mejoría».

«Así fue o algo parecido», dijo el escritor e interrumpió la historia.

«Pero tú no eres médico», le objetaron tras un corto silencio respetuoso.

«No, pero sí escritor», replicó él."

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